No es país para lectores

Madrid. Invierno. Nueve y media de la mañana. Caminando en la búsqueda de un libro. Un título poco conocido o demandado (El cuerpo poético, de Jacques Lecoq), pero a Madrid nunca se la subestima para este tipo de cosas, o eso creía antes de comenzar,  “este tipo de cosas” que podemos llamar coloquialmente la búsqueda.

Apenas buscaba una  librería donde adquirir el libro pagando el precio establecido, algo bastante normal y que dicho así parece sencillo

Porque fue así, una búsqueda de algo que no había perdido, mas tampoco encontrado. Se convirtió en búsqueda en el momento que el libro parecía esconderse, no sé de quién. No busqué en esquinas, o detrás de farolas, o en los cubos de basura, o dentro de los coches correctamente estacionados, o qué sé yo, en los bolsillos de los pantalones de los transeúntes varones, o debajo de las largas faldas de las señoras. En definitiva no busqué en lugares demasiado recónditos. Apenas buscaba una  librería donde adquirir el libro pagando el precio establecido, algo bastante normal y que dicho así parece sencillo. Sin embargo, quizá haber explorado en los lugares recónditos hubiera resultado mejor.

Porque caminé, cambié de acera, giré a la derecha y después a la izquierda, llegué hasta el final de la calle, volví a cambiarme de acera, quedé absorto contemplando el sensual caminar de una rubia despampanante, volví a cruzar, en esta ocasión por el paso de peatones… Sin embargo, no hubo éxito.

Pensé en el sobreseimiento, pero mientras lo tomaba en consideración continué caminando, no deja de ser una actividad que me agrada, ya que sarna con gusto no pica.

Había una ferretería de las de toda la vida. Cosa que me alegró, pues no consigo imaginar qué diría el cartel de una ferretería posmoderna

Entretanto, en mi búsqueda de una librería, analicé cada establecimiento por el que pasaba. Los que más se repitieron fueron los bares y las peluquerías, no les estoy contando nada que no sepan. En algunos casos se alternaban de manera perfecta, como si algún dios lo hubiera así dispuesto: bar, peluquería; bar, peluquería; bar, peluquería… Y ya saben cómo continúa. A veces se intercalaban otros establecimientos: joyerías, bancos, o las peluquerías que afloran en esta sociedad de la imagen y posmoderna conocidas como “centros de estética”. En la fachada de uno de estos establecimientos resaltaba la fotografía impresa de una mujer con rostro concentrado y  gozoso que interpelaba así: “no deje escapar esta oportunidad”. No obstante, mis oportunidades se reducían con cada paso que daba. Al otro lado del bulevar había una ferretería de las de toda la vida, sencilla y descuidada, hedionda al aproximarte. Cosa que me alegró, pues no consigo imaginar qué diría el cartel de una ferretería posmoderna. Proseguí: otro banco, un establecimiento de loterías y apuestas, un restaurante de comida rápida (otro ejemplo de posmodernismo), e incluso uno de esos hospitales casi privatizados de Madrid. Pero no, no conseguí mi objetivo de encontrar una librería. Por eso volví a la calle principal en que la que me encontraba al inicio, no obstante algunos portales más abajo.

Decidí parar y respirar. Observé. Di una vuelta trazando una panorámica de 360 grados. Y no, no había ninguna librería. Por tanto tomé la iniciativa de preguntar a un peatón  de mediana edad. Le pregunté que si era del barrio, a lo que contestó positivamente con la cabeza. “Entonces puedo hacer la otra pregunta”, reflexioné. Procedí y le pregunté al señor si sabía de alguna librería. Se mantuvo callado, después estudió la manera de decirlo, para concluir con un escueto “no”. Cuando le daba las gracias, me interrumpió. “Espera un momento joven. Creo que aquí, detrás de esta calle…” Algo iba mal, el señor enmudeció repentinamente, las palabras se trastabillaron en la boca, a la altura de los dientes como arrepentidas. Reconoció haberse equivocado y que lo único que conocía era “una papelería donde apenas hay cuatro libros”, dijo con gesto  hastíado. Admitió definitivamente que no conocía ninguna librería en el barrio y, a pesar de mi enfado, le agradecí su tiempo. Pues, ¿que culpa tenía este vecino de que en su barrio no hubiera librerías?

Después de esto sí que medité la posibilidad de desistir.

“¿En este barrio no se lee porque no se escribe, o no se escribe porque no se lee?”, que se hubiera preguntado José de Larra en mi situación. Definitivamente rehusé y concebí caprichoso hallar alguna en mi camino de vuelta.

¡En Madrid se venden 32 millones de libros al año! “¿Dónde los habían metido?”

Intenté encontrar argumentos para explicar la situación, incluso contemplé la posibilidad de que todo se trataba de un complot para que yo no puediera leer. Entre los argumentos rebusqué en medio de números, estadísticas y todo tipo de variables numéricas que me dieran alguna respuesta en concreto. Efectivamente, todo era un plan malvado: Leo que los madrileños son los ciudadanos que más libros leen de todo el Estado y que uno de cada dos compran libros. Además de entre los que compran, adquieren una media de 10 libros. Hice un cálculo mental rápido, el cual dejó de ser mental cuando me ayudé de la calculadora del teléfono móvil. Cuando vi el resultado, dije: “no me lo puedo creer. Soy de letras, seguro que me he equivocado introduciendo alguna cantidad”. La cifra era desorbitada. Volví a introducir los números con delicadeza, acariciando la pantalla del teléfono con el dedo pulgar ahora rodeado por un océano de cifras, para acabar con la misma sensación. No me lo podía creer. ¡En Madrid se venden 32 millones de libros al año! “¿Dónde los habían metido? ¿Quién los estaba escondiendo de mi vista? ¿Todos se habían puesto en mi contra?”, discurría.

El tamaño de la librería era inversamente proporcional a la caminata que yo había realizado

En estos momentos en los que mi paranoia rozaba el thriller psicológico divisé a lo lejos una sombra que pertenecía al cuerpo de un hombre de estatura alta, complexión fuerte y cabello aterciopelado, aunque se encontraba lo suficientemente cerca para reparar en su barbilla prominente. Estimé que esta figura enigmática escondía alguna respuesta. El hombre se encontraba en frente de un escaparate. Supe que se trataba de un escaparate cuando eliminé la estúpida posibilidad de que fuera una pared la cual observaba fijamente a diez centímetros de distancia. Me dirigí hacia él y me detuve cuando llegué a su altura. Observé el escaparate, volví a observar la hipnotizante barbilla del hombre y reparé que me encontraba delante de lo que llevaba buscando durante toda la mañana. Sí, era una librería. Una librería repleta de libros a pesar de la escasez de espacio. Su tamaño era inversamente proporcional a la caminata que yo había realizado. Me dirigí hacía la puerta, pero un objeto inerte, sólido, metálico, frió y lleno de agujeros se interpuso en nuestro camino. Al otro lado de esta barrera física un cartel decía que alguien, supongo que el responsable de la librería, “lamentaba las molestias” porque permanecían cerrados por vacaciones durante algunos días.

Sí, ahora sí. Acepté la derrota. Sopesé arrodillarme y llorar. Pensé que quien fuera que fuese mi enemigo lo había conseguido. Había arruinado mi tentativa de irme de Madrid con Lecoq entre mis manos.

Aún así, intenté consolarme: “da igual, en esta librería tampoco lo hubieras encontrado, era demasiado pequeña. Será por librerías y barrios, ya lo encontrarás”, y todo este tipo de frases vacías que diría una madre para animar.

Por ello, como buen ciudadano, consideré que las estadísticas están para cumplirlas, y que si uno de cada dos compraba libros, el otro se tomaba una caña fresquita en el bar y como mucho leería un diario deportivo. Así hice, si bien no leí ningún diario deportivo, me tomé una caña en un bar. Para leer, ya descubriré otros sitios, ya que por mucho que presuman las estadísticas, este no es país para lectores.

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