Cine: El precio de Volar

Carla Subirana ya ha estrenado su último largometraje, Volar (Pandora Cinema). En esta película documental Subirana se introduce en la Academia Militar de Murcia y es la primera vez que una cámara se entromete en una institución militar con estos fines. En el documental se relata cómo viven y cómo son entrenados los niños que en un futuro serán soldados. Con imágenes poderosas y cargadas de significado Subirana nos conmueve y nos menea de nuestras butacas hasta hacernos despegar de nuestros asientos. Si aún no la has visto, estás de suerte, apresúrate y asómate a la Cineteca.

¿Quién no ha soñado alguna vez con poder volar? Debe de ser un deseo intrínseco en el ser humano y que siempre asociamos a la libertad.

La directora Carla Subirana lo consigue con su última película, Volar, un documental en el que la cineasta se sumerge en una academia militar española para desbrozar de clichés y prejuicios lo que allí dentro ocurre. Sobretodo de prejuicios, ya que en ningún momento trata vituperar una institución que tiene arraigado consigo tantas controversias, como es lógico por otro lado. Simplemente Subirana se introduce, y consigo al espectador, desde una mirada aséptica describiendo cada paso que dan los futuros soldados que acaban de ingresar en la academia con la finalidad de ser oficiales pero con un objetivo que se camufla en segundo plano, no obstante, mucho más importante.

Pero la autora no se queda en lo superficial. Esta mirada neutral y fría al inicio se va adentrando en el caballero o dama Cadete que está siendo entrenado, o “adiestrado” como reconoce un alférez en el largometraje, “para defender a todos los españoles” prosigue. Y es que, para chavales recién salidos del instituto no es fácil. Es un cambio completo de rutina y otra forma de sometimiento (la rutina por naturaleza, es sometimiento). Todo ello lo muestran estos jóvenes militares, convertidos por las cámaras en actores que se representan a sí mismos y que trazan un trayecto iniciático atravesando diferentes fases que divide la directora en tres actos: la transformación, la espera y el último y que da título al largometraje, Volar.

Ese primer paso, el de transformación es la conversión de cadete a oficial. Esa metamorfosis que sufre el cadete es un combate moral constante que se resume en la inquietud de haber, o no, tomado la decisión correcta, pues el documental nos muestra cómo a veces retroceder no es sencillo.

Tirar por tierra todo lo realizado por debilidad sería significado de fracaso, y por lo tanto un atentado contra el decoro. Subirana enseña esa dialéctica con poéticas imágenes  que se muestra a través de los pequeños cambios que sufren los protagonistas a lo largo del filme. Transformaciones aparentemente tan insulsas como la informalidad que los futuros soldados manifiestan al comienzo del largometraje en sus vestiduras, para terminar enfundados en atildados trajes militares.

La inocencia y la ingenuidad de los protagonistas conduce a la ternura pero al mismo tiempo recrudece todo el relato. Pues sí, son jóvenes e inocentes soñadores que no sabían, antes de alistarse, que había una palabra con la que les iba a tocar convivir por el resto de sus días, el vocablo muerte. “Si vemos que la mayoría de nuestros compañeros están cayendo en combate y somos inferiores en número tendremos que retirarnos”. Si al espectador le resulta complicado digerir esto, para los cadetes es una patada en el estómago, quienes escuchan absortos sentados en sus pupitres en una de las escenas más auténticas del film.

Tras la transformación, la espera no es como en la sala de un dentista. Sobre todo porque en ningún caso es tediosa, sino dramática. En esa espera, los cadetes ya han dejado de ser niños y desean que su oportunidad llegue. Porque la academia no deja de ser un reflejo de lo que ocurre fuera de ella, donde hay oportunidades que se escapan y en otras ocasiones ni se huelen. Esta es la etapa donde héroes y heroínas tomarán protagonismo y se adjudicarán un gran triunfo. Los más preparados darán el salto dejando atrás al resto de camaradas, demasiado verdes aún, esperando su turno para cumplir su sueño.

Toda esta dureza contada sin ambages es la que se funde con momentos inesperados y mágicos, y son los mismos que permiten respirar al espectador. Hay que tomarlo como una tregua que nos regala Subirana. La directora nos permite conocer desde las alturas el precio que se tiene que pagar por un trocito de libertad. Es en estas escenas donde un avión  interrumpe la tranquilidad de las nubes y el silencio del cielo, y el único momento en que los soldados dejan de ser soldados, incluso dejan de ser personas para convertirse en soñadores; justo cuando al otro lado de la pantalla los sujetos sentados en sus butacas comienzan a sentir ingravidez.

Con una sucesión de planos oníricos a través de una cámara fijada en esos aviones fabricados para matar, podemos, junto con los cadetes, ya convertidos en Oficiales Piloto, comenzar nuestro viaje para Volar.

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