‘Siento, luego existo’ por Claudia Benlloch

Estando viva, he muerto y he resucitado, sin haberme exudado nunca de ser yo. Agonicé porque debía hacerlo, en la noche mental de los aceros y el ácido, encontrando y dilapidando los centros que nunca quise, para finalmente abanderar  bajo la cadeneta de mi nombre todos los crisoles, diamantes, empeños, calamidades, travesías, bellezas, destrozos,  lunares, debilidades, tesoros e inmundicias que me han pertenecido siempre, y que lo seguirán haciendo hasta el fin de mi misma.

No me arrepiento de nada. Fui, soy, seré. Intensamente batallaré, para perder, contra esa invencible mancha de hambre insaciable y pupilas sin peso, bautizada Tiempo. Pero batallaré, batallaré sin tregua o flaqueza, batallaré con ávida alegría, emoción y furia. Me desgarraré de astillas y aflicciones, pero seguiré en la perpetua guerra, negándome a las facilidades o a las propuestas de rendición. Porque nunca he querido otra derrota que esa.

Morí y resucité. Y antes, lloré alcohol y lloré sangre, y afónicamente contemplé los extraviados paraísos irrecuperables. Sentí pánico y fui terror. Extirpé de mi cerebro las melodías apáticas de cualquier posible salvación. Desnuda  en el pozo me impregné y revolqué en veneno y codicia. Atisbé mi resultado malogrado y decrépito, en el que la fútil recompensa no era más que un moratón vertido. Me perforé la carne con las palabras perdidas, con Noviembre y su placidez desajustada, con ciudades de atalayas, desarraigos y monstruos, con las horas oscuras, los tratados de locura, los andenes sin ángeles, las asesinas, las selvas retóricas, las firmas del fuego, los análisis estéticos, la sonata de un mar nemoroso, la maldad, Londres, la ceniza, las metáforas, los vientres teñidos, las introducciones y los preámbulos del caos, la voz, las rapsodias, los cañones rojos, la vida, la muerte, las paredes resquebrajadas, la incapacidad, los viajes, el insomnio dorado, las estatuas, la obsesión, el romance de lluvia, los hoteles mugrientos, los dilemas, los sueños tóxicos, el sexo, la sombra, y esa entretejida, febril y escarpada metafísica de mis salvajes paisajes internos.

Prometí no pensarme, y fracasé en el intento.

Otra dulce derrota.

Pero frondosa caída es la mía, y hermosa la espiral de espesuras secretas, de cánceres rotos,  de tiernos ahogos. Me arrojó la pasión a este viento feroz, sin preguntas o trámites, y por ella quiero seguir cayendo, a bandazos y planeos,  y no dejar nunca de hacerlo. He aprendido que los acantilados necesitan del vértigo, y necesitan también de esa sensación innata de querer tirarse de ellos. Las verdades sobre mí me las construyo yo, las elecciones nacen y crecen únicamente dentro, la mentalidad me hace padecer y respirar, la velocidad física me alimenta. Si la pasión es el descerebrado embiste que guiará y descarrilará mis días, la amamantaré precoz sin censuras ni bozales.

La crónica del pensar desatado se me ha desvanecido en los dédalos de un vagón de metro en madrugada, sí, violados sus habitantes muy lejos de mí, que fui una madre ingenuamente traidora.

Pero me he destruido para crearme. Y continuaré redestruyéndome y recreándome para seguir sobreviviendo. Soy amorosamente extraña y peregrina de mí misma. Sé que debo vencer mi aversión por el impiadoso tiempo. Pero no quiero marchitar la urgencia ni la sed, ni quiero olvidar errores, estupor o engendros. Tampoco quiero piedad alguna. Amo y odio el dolor, amo y odio la euforia. Existo porque siento, porque soy pasión, fatalidad, logro, delicioso vicio. Porque soy una verticalidad de alturas inquebrantables, porque soy suelo y techo, porque yo soy mi cura, mi redención y mi arma, porque mi filosofía es mía, porque me pertenezco y poseo.

Incrusté en la desconocida almohada y en las ventanillas inmunes del impávido transporte todas las baladas terribles que relataban despojos e historia, creí haberme perdido, y en esa perdición reuní compuestos y elementos, y me los fui sustituyendo lentamente en el cuerpo, como tatuajes indelebles que jadean de anhelo.

Porque en esa oscuridad, los neones brillaban imbatibles, materia de fascinación y peligro, invitaciones de niebla, óxido y humo. Y las calles eran agresivamente frías y los seres eran músculos de adorno, y el café bullicioso de tapetes carmesís era una hoguera para mi turbiedad y mi fiebre. Mi garganta permeada, los pasos y latas, los viriles espantapájaros borrachos, la carencia de una luna violentamente nacarada, cigarros en aromáticas bocas, visión, mirada, fallo, estúpidas trampas, el soul, vacío. Y sin consciencia. Fantasmas triunfaron en sus pueblos torcidos. Una vez más, fui pasajera de lo hundido.

Amortajados los recuerdos, en la porosa memoria solo restan acogidas, imágenes descabaladas de actos absurdos. Pero viva el absurdo. No hay remordimiento alguno. Yo no rezo a los dioses, sino a mí y mi destino..

Pero sí  quedó alguna amargura, una amargura danzante, que proviene sólo de saber que no fui esas horas tal vez merecedora de quién debí serlo.

Con la noche fenecida, lo siguiente fue el vagabundeo por una estación congelada, presenciando las ampollas y residuos noctámbulos bajo la agria luz del alba, que era sucia entre rascacielos inmisericordes, que era de desengaño y exigencia, que era perniciosa y soez acólita de la realidad que esperaba colérica y bramante. Y yo clamando por un cigarrillo, subiéndome a trenes al azar, con las manos y los bolsillos vacíos, y la incredulidad de la pérdida contrayendo de espasmos los dedos y las razones. En el plexo de la corriente infame: rincones degradados, el plástico y el aborrecible ajetreo, los taxis, las bolsas, los carteles, las ruedas y un reflejo sucio en el que contemplar mi rostro demacrado y aturdido, con los ojos encendidos y paralizados, la piel cetrina de reproches y culpas baratas.

Luego la espera tediosa, desagradable, ansiosa, en bancos muertos, y con teoremas masticados, y las horas se rebelaron e hicieron despiadadas huelgas contra mí, y yo estancada en medio del flujo sideral, entre inocentes que no comprenden el terciopelo de la tristeza. Y después la cruda llegada y el súbito derrumbe, el pensarme desmantelada y desmenuzada, el creerme finalmente el suceso, el atisbar las consecuencias y la profundidad, de todo lo creado y extinguido, de mi yo despedazado. Observé el polvo de mis palacios caídos, y quise yo también desaparecer en él. Histeria y castigo. Me creí incapaz de la gesta carnívora de levantar el mañana y continuar engullendo y cazando palabras y símbolos.

Pensé: lo he perdido todo. Me he perdido a mí misma. Jamás recuperaré aquello irrecuperable. Jamás podré poder.

Pero de repente, al salir a las calles sin coherencia o sentido, querer correr y tragar el aire y la vida, hacerlo, desatadamente y sin temor, sintiendo nuevamente al poder acostarse lentamente  entre las sábanas de mi pálpito, queriendo devorarlo todo, sin concesión o reticencia, con los colmillos del ardor, horadada de deseo.  Sabiéndome inmortal. Y así corrí como si fuera el primer o el último día de mi existencia,  por delante de los contenedores cromáticos de basura, de las vías del tren, de las viviendas agachadas, de los coches veloces, de los árboles raquíticos, de los cruces y señales, de la desesperación escondida y del afilado estigma de la culpabilidad, que estalló en carámbanos contra un cielo de helada pátina estrellada, que me pareció terriblemente triste y terriblemente hermoso a la vez. Y así, al hospicio de la tenebrosidad y los muros, mi cabeza, nuevamente fue arrebatadoramente fusilada por ideas, por riqueza, por gritos, por llamadas y futuros, por palabras y fuegos crepitantes.

Y entonces pensé: lo he encontrado todo. Me he vuelto a encontrar a mí misma. Siempre podré crear. Siempre podré poder.

Me amo y entiendo condenadamente. Soy libertad, no renuncia. Nadie me detendrá. Nada podrá cejar mi vuelo. Querré y podré hacerlo todo, desearlo todo, sentirlo todo. La vida no es más que un precioso caos de principios y finales, el lento mordisco de la desgracia y la fortuna. La vida no es más que una pluralidad desordenada de episodios en composición y descomposición continúa. Yo quiero aferrarme descarnadamente a cada uno de ellos, abrazarlos asfixiadamente, rociarlos con mi olor, mi sabor y mi impronta, hacerles el amor y permitir que me lo hagan a mí, durante todo lo que dure la eternidad mortal de mi vida. Los sentimientos, los instintos, las pulsiones, continuarán entreabriendo y sellando mis caminos, y empujándome a ellos con malicia o bondad, porque así les dejaré yo hacerlo. Andaré hasta quebrarme. Andaré porque jamás se agotarán las búsquedas ni la fogosidad.  Andaré con brío desesperado y exaltada fuerza, andaré recogiendo glorias y fracasos, cargándomelos  cuando tenga que hacerlo, abandonándolos cuando así lo quiera. Andaré construyéndome la geografía y los mapas a mi gozo y capricho, mapas blancos y oscuros, y reventaré aposta todas las brújulas y precauciones. No andaré hacia un horizonte, andaré hacia todos los horizontes. Andaré porque no quiero hacer nada más que andar. E iré arrasando y homenajeándolo todo a mi paso. Seré caminante insaciable, nómada enferma de vivencias. No soporto la impasibilidad a los momentos. No soporto la conformidad de lo existente. No soporto la ausencia y la inercia. No soporto la indiferencia. Y no soporto la inmovilidad, la petrificación ni la falta de hambre. Y lo que menos soporto es la nada.

Yo seguiré volando frenéticamente, hacia abajo o hacia arriba, con alas amputadas o alas podridas, sí, pero estaré volando, ágil y libre en el espacio y en el tiempo, experimentándolo todo sin privación, cubriéndome y mojándome de todo aquello que llueva.  Porque estoy enamorada de la lluvia. Y porque nunca ha existido el miedo a las caídas. Porque la caída es el reverso del vuelo, porque es su complemento, su mitad, su cruz, su hemisferio, su pareja, su siamés y su órgano vital. No podré volar si no me caigo. Y no me caeré si no vuelo. Y necesito y deseo ambos por igual, el vuelo y la caída, porque son la suma hacia el sentido total, y porque separados no existen.

Prefiero lo breve e intenso a lo largo y templado. Prefiero el destrozarme y conseguirme en duros golpes, que el hacerlo prolongadamente, de forma estirada, blanda y pálidamente contenida.

Durante un momento, pensé marcharme y susurrar al mar, para que me consolara bajo su lirismo tupido, para que instaurara el olvido. Pero finalmente, me quedé y me susurré a mí misma, y permanecí engarrada a los recuerdos, felizmente desgraciada y desgraciadamente feliz, pensando en mis muertes y en mis resurrecciones, queriendo poseer en mis manos la columna vertebral de la vida, para bailar sobre ella enloquecidamente y cubrirla de besos y espinas.

Porque soy las heridas y cicatrices imborrables del corazón mancillado y latiente, tan prisionero de mí, tan balbuciente en su celda de rabias, de amores, arte y esputos, tan gimiente y húmedo de notas, verbos, rosas y escozores. Tan entregado y sufriente, tan mío.

Porque soy infinitas yos. Porque quiero serlo todo.

Siento, luego existo: es ésa mi sentencia, mi descripción, mi identidad, mi religión y mi vida. Es ése el verso de mi poesía.

La perfección se alcanza a través de las imperfecciones.

Retorné de las penumbras y deseé escribir de nuevo.  Me senté y lo hice. Tenía el pecho colonizado por invasores de expiación y recomienzo. La pasión me tornó las manos trémulas y ardientes, los labios rojos y famélicos. Terminé estas líneas, y fuera se había ido destilando el augurio de un nuevo amanecer; y salí a fumar a la terraza, y todo era un reposado nido de silencio, frío y vaho. No había nada más que una paz que sería breve, pero que en su esencia, era paz y era mía. Me quedé quieta y sola, me sentí grandiosamente libre en el pensar y en el sentir, permití a la infante luz coser dulce y lentamente mis ojos fatigados, terminé el cigarro, miré al frente,

y subsumida de placer, me metí de vuelta en la vida.

Escrito y difundido por: Claudia G. Benlloch

Difúndelo tú mismo

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