‘Surrealismo trágico’ por Pedro Iturrioz

Doble puerta de cristal estilo push & pull bidireccional. Se agitan como molinos confirmando que entró alguien. Dos sillones cómodos, de reposabrazos gastados al nivel de las manos que se apoyan. Sin decoración en las paredes, pintadas en tonos pardos, ni más mobiliario que los sillones y una mesa baja entre ambos. Entre las 21:40 y las 21:50 el conversatorio sigue esperando al segundo partícipe de la palabra absurda.

El primero lleva dos días de abstinencia. Dejo de articular “sujeto, verbo y predicado”, los complementos nunca fueron santo de su devoción, para concentrar su verborrea cuando llegase el día. Fuentes cercanas afirman que en sus tiempos en el seminario se acostumbró al silencio, al olvido de las ideas solo pensadas. Tampoco escribía ni practicaba de manera activa la comunicación. No le ha supuesto un esfuerzo gozar, dirán unos, soportar, dirán otros, cuarenta y ocho horas en estado contemplativo.

Con una sonrisa templada saluda un caballero al entrar. Irrumpe desde una niebla oscura de noche iluminada por farolas. El segundo orador se sienta flexible.

Aparece el árbitro de la contienda. Viste de camarero y sujeta una bandeja con dos cafés. Un cortado y un capuchino. Los deja sobre la mesita, situada en la mediatriz resultante de unir a los contendientes con su mirada breve pero recurrente. Se retira. Espera cualquier intercambio conectado a un altavoz que cuelga de una de las esquinas dela habitación. Además de emitir sonidos, como un aparato normal de su especie, también tiene un receptor que capta hasta el más nimio de los murmullos de la extraña reunión. El árbitro, que hace las veces de camarero, es una presencia invisible.

Los cafés se consumen rápido. Ninguno de los supuestos oradores rompe todavía el hielo. Se instala el silencio en la sala que ocupan a solas, a salvo de cualquier disturbio. Con el entrometido oído del camarero, que hace las veces de árbitro, como testigo único de su “no decir nada”.

El más madrugador se decide, por fin.  – Estaré callado el tiempo que haga falta para que se derritan tres hielos en mi taza vacía.

Aparece presto el árbitro/camarero con una cubitera envuelta en una servilleta. Procede a colocar el trío de trozos de hielo en la tacita estilo victoriano, disponible en grandes superficies.

 – Si se hace de día, tampoco me importa. Improvisa al tiempo que se olvida de su sonrisa templada el hombre venido de la niebla. Acercando su taza, más grande pero igualmente vacía, los cubitos se agitan al chocar entre sí, dejando un ruido cloc, cloc, cloc, tibio como una calada sin convicción.

Después del primer intercambio de golpes, el camarero/árbitro coloca unos biombos para conseguir la intimidad épica que merece este cónclave minoritario, absuelto de cualquier carácter religioso. Cerca con una envoltura circular a los jugadores de tan extravagante invento. Por su condición labriega, el camarero/árbitro piensa por un momento en el trigo alto en el momento de la cosecha. Aquella construcción mental escapa a los límites del raciocinio. Total, tanta posmodernidad, tanta hostia, tanta ceremoniosidad, para un conversación que se olvidará porque se libró alejada de la luz.

Uno de ellos vigila las contorsiones nerviosas que sacuden su mano derecha. Es la firma inequívoca del apostante compulsivo a las carreras de caballos. Ve un cenicero, se puede fumar. Suelta una sonrisa sardónica, pretendiendo exteriorizar tranquilidad a todas luces fingida. Se encuentra en las antípodas de esa quietud de espíritu que supone estar tranquilo. No fuma desde hace dos semanas. Todos los domingos insta a su yo más concienciado con la eternidad a dejarlo. Esta vez está tardando más de lo normal en retomar ese vicio esporádico que es para él el tabaco. Ver un cenicero en una situación así no consigue aliviar su nerviosismo. Sigue agitando las catorce falanges como enajenados bailarines de lindy hop.

El otro, ensimismado sigue en su batiscafo, ejercitado esa memoria individual de la que nunca queda constancia, que no se transmite ni nadie acaba recordando.

Los hielos no son ajenos al paso del tiempo. Se derriten.

Uno se sorprende al ver que donde antes había café con algo de leche ahora solo quedan dos hielos pegados por el techo de su estructura helada, flotando en el líquido en que se ha convertido el tercero.

El otro sorbe el más pequeño de los cubos menguantes con cara de besugo.

Ya solo es agua fría. Antes de que ninguno se atreva a postergar la gran broma final con un “vaya por algunos hielos más”, espetado sin ton ni son  al árbitro asistente, se oye un boletín procedente del altavoz que amplifica:

AHORA NO QUEDA OTRA QUE ACABAR ESTA HISTORIA.

La frase es contundente. Es leída rápido y con una locución inmejorable.

Orador A se pregunta ¿Qué puedo hacer? B, ante la falta de respuesta de A, suspira. La invitación de sonido sintético sigue sin ser respondida.

A-     Esperen, tengo algo:

Las registradoras de la hacienda pública con más de cuarenta años de experiencia en su puesto son demasiado tradicionales para los modernos pantalones. Son más de usos y costumbres de la época del aguilucho. Suelen tener en su armario un catálogo infinito de faldas de tubo hasta la rodilla, abrochadas con una cremallera que se detiene a la altura de los riñones. Siempre en unos tonos entre marrones y negros. Acostumbran a seguir las enseñanzas de Jesucristo como fieles devotas y se levantan antes del amanecer para rezar maitines. Después despiertan la casa, levantan las persianas en un estruendo para nada cristiano, con mala fe, los cuernos de satanás asomando,  y preparan el desayuno a oscuras. Prefieren la sacarina al azúcar, pero ante la disyuntiva de elegir pan o un bollo de chocolate no dudan: Pan con pan, comida de tontos. Así se consuelan.

La casa está despierta. El gato busca en la esquina habitual el tazón de leche agria que la simpática recaudadora puso la noche anterior antes de plegarse en el sobre sola, frígida, buscando humedecerse sin suerte. Es demasiado fría hasta para eso. Así  se durmió. Hoy ha descansado bien rompiendo la norma. Sufre de insomnio. Reniega de cualquier loquero porque su padre, en paz descanse, era psiquiatra y cuando comentaba en la cena que había tenido una pesadilla que no le había dejado dormir le pegaba. Muchos días no podía ir a la escuela por los cardenales que le cruzaban la cara. Ya ha pasado tiempo y el maquillaje no consigue disimular la cicatriz en su ceja derecha, una muesca pálida en contraste con su dorada piel le delata. El pasado se arrastra por mucho que uno no quiera.

Ya se ha puesto su falda de rigor. Apura el carajillo con el que entra en calor todas las mañanas y después de despedirse de la gata coge el ascensor. Seis pisos hasta el garaje. Un coche blanco se queja al arrancar. Renqueante trepa la cuesta hasta la puerta mecánica que marca la frontera con la calle. Se detiene. Para el motor e introduce la llave que acciona el mecanismo para salir. Se abre. Todavía es de noche. Aprovecha el tiempo que dura el crujido metálico desgarrando los raíles de la puerta para bajarse la falda hasta la altura de las rodillas de nuevo. Se le ha subido por los movimientos propios de la conducción y odia enseñar sus articulaciones secas y llenas de nervios. Nunca se ponía crema hidratante cuando le importaba lo que los demás dijesen de ella o cuando aún tenía la esperanza de encontrar a un compañero de fatigas de naturaleza humana, los gatos no cuentan.

Con tanta falda pa’ rriba, pa’ bajo olvida agarrar el volante y el coche se desliza para atrás. Casi no hay  daños. Habrá que dar parte al seguro pero no es grave. Solo un susto, un infarto y un adiós. Hay tantas formas tontas de morir.

B-      La mía es mejor:

Una expendeduría de tabaco toma el pulso a la calle con sus ventas, más o menos regulares. Se colca una cámara de video vigilancia para que de sus ‘entradas y salidas’ se puedan sacar conclusiones relevantes para la antropología moderna sobre el sector de la población que fuma. El encargado de seguir desde la pantalla los avances del día mira como desde un balcón ese mismo kiosco. Repasa dese las alturas su puerta, su felpudo verde imitando el césped de una manera muy ingenua. Sentado se balancea marcando el compás de su aburrimiento hasta que deja de hacerlo. Sorprendido de ver a la misma mujer que hace unos minutos había desfilado por su televisor de emisión en blanco y negro. Ve a la misma mujer rondando el pequeño estanco, papelería, dispensario de lotería. Ignora si fuma, si forma parte del estudio, porque en su primera aparición acababa de hacerse con una suerte de rasca y gana que recibió al decir la palabra ‘trébol’. El solo tiene que dar parte de los que salen con una o más cajetillas en sus manos.

Es cierto que las mujeres frecuentan menos las tragaperras que los hombres. Pero eso no quiere decir que el juego no corre por sus venas. Entonces no le llamó la atención la señora, enlutada en negro y con una mata de pelo gris que se detenía en los hombros. Habrían pasado veinte minutos desde esa aparición pasada por alto hasta que miró por segunda vez el televisor y descubrió que ella seguía allí.

Repetía un ritual bien mecanizado. Tal vez lo repitiera tanto porque son principios de mes y el dinero no es tanto un problema como lo es al final. Tal vez sea rica. Pedía un par de ‘trébol’, de valor desconocido. Salía del kiosco con pasos cortos pero sin aparente esfuerzo y al poco se detenía. Rascaba con una llave, avanzaba un poco más y se detenía de nuevo. Entonces rascaba con misma suerte y rompía ambos cartones en cuatro pedazos. Debería haberle dado a la tecla record, ese antropólogo en su garita jugando a ser el gran hermano. Pero no quiso llevar su voyerismo más allá de las tablillas que debía rellenar para el estudio. Sexo, rango de edad, hora de la compra.

Cuando vio que esa señora mataba la mañana poniendo su fe y su dinero en juego una y otra vez le vino la pena. Sobre todo cuando, pensando que había terminado, no en vano se había alejado cien metros del kiosco y parecía tener un destino, se dio la vuelta y volvió a caer. El radio de influencia de ese vicio que es el juego desde ser muy grande, porque toda esa distancia, considerable para sus pasos cortos, no supuso nada. Volvió a jugar.

Idas y venidas, entradas y salidas del estanco, dejadas de contar por ser muchas, acabaron cuando en vez de girar a la izquierda para iniciar su ritual torció a la derecha hasta que se perdió oculta por los toldos de tiendas.

Ejemplos como este de una vejez triste son los que le asustan a menudo al entusiasta antropólogo, celoso de su trabajo y convencido de la significación de sus actos. Ver como el tiempo se encarga de acabar con los ideales de cualquiera. Y a los que quedan, porque no ha pasado el tiempo necesario, soñando el encanto de la perfección, les regalan palcos para que dejen de fantasear, a base de mirar una y otra vez una calle imperfecta.

La segunda arremetida no resulta concluyente. Se zafan con valentía pero sin la maestría capaz de decantar la balanza, en uno u otro sentido.

Suena el pitido inconfundible de un altavoz saturado. Los contendientes se llevan las manos a los oídos. Aguantan poco sentados. El pitido no cesa y resuelven salir huyendo por la doble puerta de cristal, que se revela pesada cuando tienes prisa. Un hilo a la altura de los tobillos les hace tropezar cuando ya estaban lo suficientemente lejos para no temer por sus vidas. En el conversatorio, las luces del interior no consiguen recortar nítidamente la silueta del camarero que ha acudido alarmado por el estruendo de tazas rotas y sillones bamboleándose. Amarrada a dos árboles, nadie sabe quien la puso. Cae uno encima del otro. El otro sobre una piedra. Muere al instante. El uno se estremece con el último estertor del otro y palidece. Su últimas palabras son  ̶  No es justo. El susto resulta tan mortal en uno, como la piedra en el otro.

Los dos tendidos en el suelo, formando una pequeña montaña con sus cuerpos sin vida, abrazados a la roca madre del final accidentado, son recogidos horas más tarde por el camión de la basura. Sus historias no merecían habitar ninguna memoria más allá de las suyas. Y con ellos muertos su contagio ya no es una preocupación para las autoridades. Muerto el perro se acabó la rabia.

Escrito y difundido por: Pedro Iturrioz
Difúndelo tú mismo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: