Difúndelo tú mismo: El derecho al delirio de los sombreros

Si un sombrero llevara una vida independiente, despojado de su histórico y forzado vínculo a las coronillas, tendría un valor intrínseco redoblado. Toda la enriquecedora estética oblonga de su vientre quedaría libre, suelta. El sombrero silbante, el sombrero rabalero, el ajado sombrero grisáceo. El sombrero pomposo, el sombrero de percha, el sombrero de dedos crispados. El tintineante sombrero musical, el sombrero calado, el sombrero de los tramposos conejos blancos. Sombrero de hombre y sombrero de mujer, sombrero de niños mimados. Sombrero de lluvias y azares, sombrero de fuegos derretidos y contratiempos. Sombrero de noche, que oscurece los ojos, sombrero jovial sobre labios muy rojos. La prole de los sombreros, ¡hermosa estirpe material, desapercibida raza de adorno! El sombrero es firma intocable, asomada personalidad; el sombrero es carácter, tesón y misterio. El sombrero es poesía guardada en el dobladillo del ala, es recuerdo de otoño, es Neruda y su boina, es fulgor y bohemia, es fotografía, clamor, travesura y siesta. El sombrero es caído un tuerce del alma –jacintos azules, el sombrero es un vientre que recoge nostalgia. El sombrero es maleta de paso, icono de andares, seña, consigna, canción de Silvio, musa de Valloton, el rostro de Chaplin… el sombrero es historia, es rebozo de aguas, de polvos y lágrimas.

Y de entre esta variedad pintoresca y extravagante, yo, por encima de todos, respetaría a los sombreros nómadas. Serían ésos los sombreros apátridas que no responderían ante normas de etiqueta o a obligaciones de armada contra la calcinación solar o la briosa tormenta. Un sombrero solo enamorado del aire y sus ínfulas, externalizado de la aburrida coronación humana. Sombrero volador, el más curtido de las razas viajeras, que rozaría las aceras de las calles de aldeas deshabitadas, y los bancos tristes de las estaciones de autobuses a larga distancia. Salvajes y desatados, perdidos a gusto en los enloquecedores albores del festín guerrero de la existencia, los sombreros nómadas ejecutarían con promiscuidad y arrojo todas las cruzadas del mundo. Atravesarían los puentes y se aliarían al viento, navegarían intactos en corrientes indómitas. Reposarían al sol de Agosto sobre una bala de paja en los ecuadores confusos, y se arrellanarían bajo el mostrador de un café de vahos y murmullos durante las vítreas madrugadas de invierno. Serían testigos de declaraciones de amor en París, y cabalgarían los cerros de América. Irían a ahumados conciertos de jazz o a ver los espeluznantes mimos sin rostro. Esperarían una recogida tierna de algún galán que les desnudara del polvo, y aguantarían ceñudos las magulladuras de imbéciles futboleros. Quedarían inundados de whisky en las manos de algún bonachón borracho con visión experimental. O se dejarían tocar por las yemas pensativas de alguna criatura abrumada cuyos ojos no les verían del todo –y por cuyo motivo sus manos tocarían de forma tan extraña y añil. Estarían abandonados en cunetas de carretera o camino, sólo hasta la llegada de alguna camarada brisa. Serían los sombreros que recogen sangre, sudor y agua bendita, que se despendolarían en los parques, que guiñarían un ojo de felpa en algún pasillo crujiente, que caerían desde las sábanas dinámicas de dos cuerpos desatascados de pasión.

Yo me imagino mi encuentro con el sombrero nómada en el estático vacío espacial de un ático desnudo y pintado de blanco –sin nada más que viejas vigas y olor a pintura, y él, en su negra redondez, alicaído entre el blanco, detenido del tiempo en el suelo. El sombrero habría llegado hasta allí como un sentimiento que muere o nace en la brevedad de un parpadeo, sin razones, sin preámbulos, sin procesos. Sería la pura evocación del movimiento descarnado de la vida en un estadio de tregua, conjugado extraordinariamente en todo lo incorruptible de la virgen y fugaz paz, la única paz existente.  Yo inclinaría mi espalda orgullosa ante la presencia de una maravilla de semejantes anchuras. Haría una reverencia al sombrero, en vez de obligar al sombrero a que hiciera una reverencia conmigo. Me arrodillaría venérea, y luego, recibiendo su llamada, lo llevaría a la ventana de alturas indómitas y lo soltaría a volar entre tejas. Así le observaría marchar, con el horno de mis ojos envenenado de envidia y anhelo; y una vez casi en el vórtice de la desaparición, alzaría mi mano al cielo que jamás podré rozar, para despedirme con un adiós tardío e inútil.

Los sombreros viajeros rebosan de vida. Un sombrero en una percha es un cuerpo vivo en una tumba.

Un joven que conocí una vez –le conocí en pasado pero vive en el hoy de la memoria- elaboró una colección fotográfica encantadoramente estrafalaria y de indudable empaste artístico: “Mi vida en sombrero” se llamaba. Lo más entrañable de la obra era el hecho de que en todos y cada uno de los negativos el sombrero era el protagonista, y no él. Sólo aparecía el sombrero, en distintos contextos, momentos, cabezas y lugares. Pero sólo el sombrero era el rey, de forma incuestionablemente otorgada.

Aquel hombre había entendido muy bien el denegado derecho al delirio de los sombreros. Aquel hombre, si leyera esto, probablemente sonreiría y me llamaría loca de forma cariñosa. Y luego seguramente intentaría besarme y lo estropearía todo de forma escandalosa. Pero eso ya es otra historia.

Claudia García Benlloch

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