Poesía: Un diablo azul asciende con sus versos

La poesía es la clara vocación de Julen Senosiain (Pamplona, 1993). Él no ha sucumbido al Despiste mortal que significa dejarla pasar, la vocación. Así lo concreta en sus versos:

Despiste mortal

La vocación es el deseo más simple,

por eso tanta gente

elige

pasar de largo.

Residente en Madrid desde hace menos de un año, compagina la poesía con sus estudios de Grado en Español en la Complutense y los de piano en el Conservatorio. Asiduo a las Jam session de poesía de los martes en Los diablos azules, metro Tribunal,  también frecuenta El rincón del poeta del foro de Extremoduro, un lugar muy fértil en lo literario dónde bajo el sobrenombre de Kay publica algunos de sus versos. Entre sus últimos poemas destacan Secuelas o  El llanto. Escribe más cuando la tristeza se instala en su pequeña habitación del Colegio Mayor ‘Johnny’, pero ahora que es feliz tampoco deja de garrapatear todos los días en busca de unos versos redondos, como estos:

Sé que moriré en tus manos,

pero no encuentro razones para no hacerlo

Sus composiciones desprenden una actitud que ha alcanzado tras cinco años de continua evolución. Después de bregar consigo mismo y madurar sus intenciones líricas se ha instalado en una poesía sin elementos secundarios. Solo lo esencial queda en sus versos, lo “realmente bueno”, nos dice. Y a la hora de apostar por lo enrrevesado o lo claro se decanta por lo segundo. Quiere ser directo y no perderse en las formas. Entre sus referencias está 20 poemas de amor y una canción desesperada, de Neruda, dónde encuentra cosas que califica de “inalcanzables”. Pero, por lo demás, prefiere no fijarse límites. Para cerrar la entrada os dejamos un poema inédito que comparte con nosotros, no por compromiso sino por necesidad.

 

Los tres aros

Vuelan satíricos bajo el cielo

(trasfondo de escarcha rasurada

en tono gris azulado)

tras haber sido expulsados

de mi boca

como palabras heladas dirección oscuridad.

 

Los charcos se hielan en este invierno frío,

muy frío;

tanto como para haber congelados

todos y cada uno de los mililitros

de mi sangre,

dañando aún más la que quedó

cerca del alma.

 

Las hojas caen marchitas

extrañando a sus hermanas

arrancadas por el cruel otoño

de su nicho.

Y yo

no puedo más que llorar

su pérdida.

 

Aún diviso el humo

en el horizonte

cuando recuerdo que el ser humano

tiende a destruir lo que ama.

 

Y aún  mueren mis cosechas

enterradas en la nieve amplia

cuando recuerdo que yo

soy un ser humano

Juan P. Torres

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